Cómo solucionar los problemas conductuales y emocionales durante el confinamiento

Muchos papás me estáis escribiendo y comentando que algunos de vuestros hijos no están llevando bien estar en casa, tener una rutina de tareas y que notáis que esta situación les está afectando emocional y conductualmente. Los profes os pueden ayudar a la hora de realizar las tareas del cole y poder conseguir unas rutinas pero… ¿Cómo solucionamos esos pequeños problemas conductuales…?

Es normal que cuando se enfrentan a una situación negativa, el riesgo de que les afecte emocionalmente se multiplique, especialmente en su entorno más cercano y en las actividades cotidianas. Solo puedo deciros que ahora mismo, vosotros, su familia, sois parte fundamental de su recuperación.

Los primeros que os dais cuenta que algo no marcha bien con vuestros hijos, sois los papás, notáis que algo es diferente, no come bien, no duerme lo suficiente, está más alterado, más triste…

Es totalmente normal que surjan estos cambios y que sean perceptibles a nuestros ojos, pero en caso de grandes cambios, es muy importante poder hablar de ello. El niño necesita estar acompañado por vosotros, sus padres, os necesita como referencia.

¿Y qué podemos hacer?…

Lo primero es pararnos a pensar. Tenemos que preguntarnos qué estamos ofreciendo como adultos a los niños, si estamos respondiendo a sus necesidades y si podemos hacer algo para ayudarles. Lo sé, es difícil dejar de teletrabajar, de cocinar, de preocuparnos por temas económicos y peor aún, de la salud… pero debemos intentar dedicar un periodo de tiempo a estar con ellos. Toda la sociedad se ve afectada por estos cambios, está pérdida de referentes, y los niños son los más “frágiles”.

Esperemos que con estas pequeñas salidas a la calle (siempre con responsabilidad) disminuyan estos cuadros que estamos viviendo.

No llores, tienes que comer, no grites, no corras, no veas la tele, ¡¡vamos, muévete!! Son frases que estamos utilizando estos días continuamente con los niños.

A pesar de que en este momento con algunos parezca funcionar, a largo plazo con otros no funciona y contribuye a que no expresen cómo se sienten, pudiendo tener este silencio implicaciones en su desarrollo físico y social.

Los niños necesitan al igual que nosotros ventilar sus emociones. No por ser pequeños, sus pensamientos y emociones no son importantes. Sucede más bien lo contrario. Su mundo es tan importante como el nuestro.

La rabia, la tristeza o el enfado en los niños son respuestas naturales que pueden tener diferente origen, desde la incomprensión de lo que está sucediendo en el mundo, hasta la frustración de no haber conseguido lo que querían en un momento determinado. De una u otra forma, todas estas emociones conllevan un mensaje: el niño necesita ser comprendido y liberado.

Ahora bien, si en lugar de traducir las lágrimas, los gritos o el malestar de nuestros hijos para profundizar en aquello que les sucede, nos dedicamos a rechazar sus emociones o bien a no darles importancia, contribuiremos a que las manifiesten de formas incluso peores. El malestar les invadirá poco a poco hasta que lo expresen de un modo inconsciente, con regresiones como hacerse pis en la cama, evitando comer, pesadillas…

Lo primero que ya sabemos es que un niño necesita un ambiente de calma a su alrededor y no personas que alimenten su enfado y su preocupación. Nuestra actitud con él tiene que partir del afecto, la escucha y la empatía para ayudarlo a identificar cómo se siente, cuáles son las causas que han producido esos sentimientos y cómo puede hacer para liberar sus emociones.

No debemos olvidar que en los momentos en que los niños están enfadados o sus emociones los desbordan, no es conveniente intentar razonar con ellos. Podemos sugerirles que expresen cómo se sienten para desbloquear el malestar, pero esperar un buen rato favorecerá su calma.

Para intentar conseguir todo esto os propongo que utilicéis la técnica del semáforo. Es una técnica muy utilizada para que los niños aprendan a regular y ventilar sus emociones. Algunos de vuestros peques la han utilizado en el cole y saben bien cómo utilizarla.

El objetivo es que los niños asocien los colores de un semáforo con sus emociones y conductas. Para ello, podemos dibujar un semáforo y explicarles algo así:

  • Color rojo. Este color estaría asociado a detenerse. Así, cuando sientan mucha rabia, se pongan nerviosos, quieran gritar o pelearse, deberían recordar que se enciende la luz roja del semáforo y tienen que pararse. Es como si fueran el conductor de un coche que se encuentra con el semáforo en luz roja. El mensaje que podemos transmitirle es: ¡Alto! Tranquilízate y piensa.
  • Color amarillo. Este color señala el momento de pararse a pensar para averiguar cuál es el problema y qué están sintiendo. Podemos decirle que cuando el semáforo está en amarillo los conductores se ponen alerta, piensan, buscan soluciones y se preparan para actuar en consecuencia. En este caso le diríamos: piensa soluciones y sus implicaciones.
  • Color verde. Este color es el indicativo de continuar, es decir, de elegir la mejor solución y ponerla en marcha. El mensaje que les ayuda en estos casos sería: adelante, pon en práctica la mejor solución.

Otra técnica que suele funcionar para desahogar su malestar (al igual que os contaba con los miedos y pesadillas), es pedirles que dibujen su enfado, para que después puedan decirle todo lo que necesiten y finalmente romperlo. Es una forma simbólica de terminar con él, una vez que han escuchado su mensaje.

Y por último, lo más difícil, conseguir ser coherentes y comportarnos nosotros como adultos y ser conscientes de que los niños nos necesitan. Es importante que intentemos “resetear” nuestra conducta siempre que lo necesitemos. Aun así no debemos sentirnos culpables por lo que hacemos o dejamos de hacer con ellos. Simplemente debemos ser coherentes con lo que hacemos y con lo que les pedimos.

Es importante que nosotros también paremos y pensemos. Algunas cosas que podemos hacer son:

  • Sé amable contigo. En ocasiones puede que el día se empiece a complicar porque tus hijos están revoltosos. Para que no pierdas la paciencia es muy importante que organices y planifiques tu día con ellos, eso te ahorrará calentamientos de cabeza. Al tener una ruta diaria te será más fácil mantenerte centrado, incluso con los imprevistos que puedan surgir, ya que tendrás margen de maniobra para cambiar tus compromisos. Dedica un tiempo, no más de una hora, a realizar un plan de rutinas y actividades diarias: cómo os vais a organizar, qué actividades vais a realizar, solos, juntos, incluso el tiempo de ver la tele, que sí, es necesario. No debe ser abundante, pero es necesario. A continuación os dejo unos ejemplos de horarios. Es muy importante que ellos participen en su realización ya que así tomarán decisiones y podrán ser responsables de sus actos. Lo importante, pase lo que pase, es que seas amable contigo; de esa manera te relacionaras con tus hijos de una forma más eficaz.
  • Tómate un descanso. Si llega un momento en el que sientes que el día con los niños está completamente descarrilado, e incluso, si no ves solución alguna, has de hacer lo posible por encontrar unos minutos para poner en marcha alguna de estas opciones:

– Escucha música…un par de canciones que te emocionen… te llevará a relajarte.

– Busca un momento para ti solo (si es posible).

– Escribe para soltar todos esos nervios o el enfado, eso te dará la opción de empezar de cero. Además, puedes responderte a estas preguntas para así cambiar el enfoque: ¿Qué ha pasado? ¿Cómo me siento? ¿Por qué he reaccionado así? ¿Sabía que podía pasar? Es una manera de resetear tu mente y gestionar tu relación contigo y con tus hijos.

  • Sal de ti mismo. Cuando hayas conseguido unos momentos de tranquilidad y que tu cabeza esté despejada, una pregunta que te puedes hacer es… ¿Qué puedo hacer ahora mismo para impactar de manera positiva en la vida de mis hijos? Al hacerte esa pregunta simplemente cambiará tu atención, eso hará que tu energía cambie también. Una gran manera de reiniciar tu día de nuevo.
  • Mantén una conversación contigo mismo. Relacionarte contigo de una manera positiva y creativa te proporcionará oxígeno y claridad mental. Cierra los ojos y comienza a hablar contigo dándote ánimos y sobre todo tranquilidad, y puedes decirte… Esta frase la puedes repetir cuantas veces quieras y te proporcionará confianza y tranquilidad.

Poniendo en práctica estos cuatro pasos rápidamente te darás cuenta de cómo cambia tu estado y podrás comenzar de nuevo el día, sea la hora que sea.

Tú y tu familia os merecéis lo mejor, no te juzgues si crees que te has equivocado y sobre todo, no los juzgues duramente, son niños y eso no lo puedes olvidar.

Silvia Villaverde. Departamento de Orientación.

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